ISIDORO MAESTRO

Su cabellera gris llama la atención, así como su sencillez. “Soy Isidoro Maestro”, dijo cuando le pedimos que hablara para probar el grabador. Nos recibió en su oficina, en la que trabaja desde hace más de 35 años, cuando decidió dedicarse de lleno a la empresa familiar, reconocida por la calidad de las molduras.

¿Cuál es el origen de la empresa?


Mi padre, Isidoro Maestro, era un ebanista español que vino con lo puesto a Uruguay, en 1949. Al inicio encontró trabajo en carpintería de obra como empleado y, de a poco, fue armando su propia empresa. En 1957 ya había reunido un dinero suficiente para construir el actual galpón de la calle Burgues. En 1961, trajo unas moldureras con la idea de hacer los marcos de las obras y complementar el trabajo, pero empezaron a surgir trabajos de molduras para terceros con esas máquinas y entonces, paulatinamente, fue dejando la carpintería de obra para enfocarse en molduras de cuadros y obra.


¿Cómo empezó a trabajar en la fábrica?


Nosotros vivíamos en el fondo del galpón, adelante funcionaba la empresa y atrás estaba nuestro hogar, así que desde muy chico participaba con pequeñas tareas que me encomendaba mi padre. Incluso mientras estudiaba mi carrera –soy ingeniero civil y trabajé un par de años como tal– seguía aprendiendo el oficio. Tras su fallecimiento, en 1981, renuncié a mi empleo en la División Combustibles de Ancap para dedicarme a la empresa. De todos modos, si me preguntás, no tengo ningún pesar por no haber continuado como ingeniero porque, en realidad, la ingeniería la aplico a todo; me dio una forma distinta de pensar, entiendo las cosas de una manera que me ayuda a razonar, a organizar el trabajo para optimizar los tiempos y los procesos de producción, está ahí esa formación.


De los productos que hacen, ¿cuál le gusta más?


No tengo un preferido. Lo que me gusta es hacer las cosas bien, y cuando no quedan bien, sufro. Hago todo lo posible para que salga todo impecable, pero la madera a veces te traiciona.


¿Cómo definiría a la madera?


Generalmente, la gente dice la madera es noble y yo digo que es todo menos noble (risas), porque te traiciona en cualquier momento. Es un material difícil, no está vivo pero es como si lo estuviera, tiene vida propia. Vos podés tener todas las precauciones en el tratamiento

y aún así no se va a comportar como te gustaría. Siempre ocurre que vas a cortar algo pensando en hacer una moldura determinada y terminás usando el material para otro encargo. La madera escapa a esa producción estándar que se muestra en los medios, eso no es real. Pero como digo eso, también reconozco su calidez y durabilidad.


¿Por qué al haber tanta competencia siente que los clientes los fueron eligiendo?


Nosotros apostamos a tener la mejor calidad del material, siempre. Los clientes acá vienen a buscar una moldura con mucho cuidado, con la mejor selección de la madera y trabajada con mucha dedicación. Tengo una preocupación constante por cumplir, de no fallar a

los clientes y parece que a lo largo del tiempo ha sido valorado por ellos.


¿Cuáles han sido los mayores retos que ha atravesado la empresa?


Lógicamente, las crisis económicas han sido períodos de mucha pérdida y dificultad que pudimos superar y mantenernos. Quizás una gran dificultad con la que tuvimos que lidiar, y seguiremos, es la capacidad de adaptarnos a los cambios de la materia prima. Desde aquel momento en el que empecé a trabajar hasta hoy día hubo un cambio radical del tipo de madera. Al inicio se trabajaba casi exclusivamente con Pino Brasil, que se trataba de determinada manera, pero en un momento esa madera empezó a escasear al punto que se prohibió su tala y hubo que sustituirla por Marupá, que aún seguimos trabajando, pero ya empieza a escasear. Así que nuevamente, nosotros que trabajamos con maderas nativas, entonces maderas que crecen naturalmente, no cultivas, tenemos siempre el problema de que si no hay un cuidado del bosque se van a terminar. A todo esto, apareció el Eucalyptus grandis, una madera que prácticamente no había en Uruguay y cuyas primeras semillas se plantaron cuando yo empecé a trabajar. A veces pienso en eso y “es de locos” (se ríe). Y hubo que aprender a trabajar el Eucalyptus grandis con otras formas, hubo que invertir en maquinaria. Hay que seguir adaptándonos, siempre hay que ir buscando la vuelta, en el

procedimiento y con la ayuda de tecnología para poder dominar el material.


¿Cómo se hace para aprovechar al máximo los materiales?


Nosotros logramos potenciar el uso de todo, al punto que no tenemos residuos: todo el aserrín y la viruta van a una máquina que los aprensa y convierte en briquetas para las estufas. Trabajamos con madera sin químicos ni otros productos, así que todo lo que va sobrando va directamente a ese fin.


¿Cómo definiría su estilo para dirigir la empresa?


No me creo capaz de transmitir nada sobre esto. Yo la siento más una familia que una dirección empresarial. Lo que yo sé hacer es venir y estar en todo. Tengo dedicación full time, no aflojo “ni debajo del agua”, dirijo todo y me gusta estar en todas las decisiones. Por otra parte, creo que la única constante que hay es el cambio y hay que tener capacidad para adaptarse a lo que surge. Por ejemplo, cuando tuve que traer de Alemania una máquina para hacer perfiles, luego otra máquina para hacer plantillas, tuve que aprender Autocad. Y así siempre, hay que buscarle la vuelta.


¿Y cuál es la próxima vuelta que tiene que dar?


Y quizás lo más reciente es que mi hijo menor, Esteban, que es ingeniero en Telecomunicación, ya hace dos años que trabaja conmigo y él también va aportando su visión de cómo realizar el trabajo. A partir de él generamos el sitio web y ahora hay clientes que nos conocen por ahí, y las cosas también se van modificando.


JULIO 2018

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