MAURIZIO LEGNANI
- 2 days ago
- 5 min read
LEMA CARPINTERIA

“¿POR QUÉ NOS TENEMOS QUE PONER UN TECHO? SOÑEMOS CON EXPORTAR”
Pensó que su futuro estaría siempre dentro de una cancha, pateando una pelota. De los cuatro a los veinte años su prioridad fue formarse en Peñarol, hasta que dos lesiones lo obligaron a imaginar otro camino. “No sigo insistiendo donde no es”, dice Maurizio, convencido de la decisión que tomó hace ya más de quince años. Así comenzó un nuevo recorrido: estudió diseño industrial, se formó en carpintería y encontró en la madera un oficio, un lenguaje y un negocio. Hoy dirige su empresa con la misma determinación que tenía de niño: soñando con crear más allá de lo que está delante.
¿Cuál fue tu primer vínculo con la madera?
Siempre me gustó. Tengo el recuerdo de jugar con mi abuelo a ver cuántos golpes había que dar para que los clavos quedaran bien planos contra la madera. Si bien nunca nos faltó nada, tampoco sobraba, así que de chico hacía rampas de skate y las cambiaba por cosas que quería tener. De alguna manera tenía esa esencia de hacer un mueble, en la que yo creaba algo de la nada, estaba en la parte creativa, y a cambio obtenía eso que quería y no podía conseguir de otra forma.
¿Cuándo nació Lema Carpin- tería?
Hace cinco años, aunque trabajo en el rubro desde hace doce. No vengo de familia de carpinteros, pero sí muy trabajadora. Mi madre, que era asistente dental, siempre empujaba para sacar a la familia adelante, y siento que eso lo tengo en el ADN: la idea de trabajar y de crecer en base al esfuerzo. Igual, mi plan era jugar al fútbol.
¿Y cómo pasaste de la cancha al taller?
Nací y viví siempre en Ciudad de la Costa. Hice todas las inferiores en Peñarol y llegué a jugar en primera, pero me lesioné primero una rodilla, luego la otra. Fue muy difícil, pero tuve que decidir dejar el fútbol. Mientras me rehabilitaba terminé el liceo –que venía un poco de atrás porque mi prioridad era entrenar–, y descubrí Diseño Industrial. Cursé la mitad de la carrera hasta que entendí que lo mío era la madera, y me cambié al Instituto de Enseñanza de la Construcción para aprender de lleno el oficio.
¿En qué momento te animaste a iniciar tu empresa?
En 2014, con mi señora embarazada, sentí que era “ahora o nunca”. Compré herramientas básicas y con mi hermana, Albana, empezamos a vender por redes sociales muebles rústicos, mesitas y sillas hechas con pallets. Con el tiempo pudimos invertir en maquinaria y eso nos permitió crecer. Luego me asocié con un colega; trabajamos varios años juntos y cumplimos un ciclo. Ahí abrí Lema, con un foco más claro en diseño y terminaciones.
¿Con qué desafíos te encontraste al ser el único director?
Muchos. Uno de los más difíciles fue aprender a delegar. Me costó soltar lo que sabía hacer. También fue desafiante pasar de ser un taller a ser una empresa: más trabajo, más gente a cargo y la responsabilidad de dar estabilidad.
¿Cuándo sentiste que habías dado un salto?
No hubo un momento, pero lo que me da la pauta de que avanzamos bien es cuando los procesos productivos fluyen sin que yo tenga que estar pendiente. Antes yo era como un apaga-incendios y estaba en cada detalle, pero ya no es así. Sigue siendo un desafío que un producto se ejecute en su totalidad sin tener que aprobarlo yo, pero venimos mejorando en eso. Parte de ese cambio llegó cuando me acerqué a Adimau, hace dos años.
¿Cómo conociste Adimau y qué aportó a ese crecimiento?
Danilo Barú, que es socio, me insistió en que me acercara: me dijo que iba a conocer diferentes perspectivas y buenos colegas. Y era cierto. Hay un ambiente en el que, más que competencia, estamos todos luchando por lo mismo. Estar en Adimau me permitió cambiar mi visión de cómo gestionar y hacer crecer mi empresa.
¿Hacia dónde va Lema hoy?
A medida que la empresa crece, uno va definiendo qué quiere y qué no. Esto lo fui entendiendo y trabajando junto a un asesor que me acompaña en la gestión de la empresa y que ha sido clave para ordenar esta etapa. Hoy trabajamos principalmente con estudios de arquitectura y diseño. Me fascina trabajar la marca, quiero que Lema sea reconocida por su diseño y asesoramiento. No podemos competir en precio con lo importado, pero sí en calidad y servicio. En la Feria de Milán, en la fábrica de Blum, insistían en eso: no bajar la calidad para reducir costos, sino ofrecer un producto durable y transmitir esa tranquilidad a los clientes.
¿Entonces podemos compartir estrategias con el primer mundo?
Estar allá te abre la cabeza, quedás deslumbrado con todo lo que es diseño, ergonomía, terminaciones, pero después pensás: “Yo puedo trasladar esto a Uruguay”. Obviamente hay que adaptar procesos y números, pero lo que ellos desarrollan te motiva a buscar mayor calidad en tus productos. Nos pasó de entrar a un pabellón enorme, empezar a recorrer y al terminar horas después nos dimos cuenta de que todo eso que habíamos visto era de una sola empresa. ¡Una locura! Esa fábrica exporta a todo el mundo y aunque en Uruguay tenemos un mercado chico, yo me quedé pensando: “¿Por qué nos tenemos que poner un techo? Tenemos que poder luchar y soñar con exportar”. Me volví con toda esa ilusión de poder seguir creciendo. Claro que después hay que bajarla a tierra.
¿Qué permanece hoy del chico que soñaba con jugar al fútbol?
Mi esencia en el fútbol era generar buenos vínculos y lograr transmitir mis ideas a los demás. Y yo trato de que, aunque sigamos creciendo, no se pierda la relación de confianza con cada uno de quienes trabajan conmigo. Acá adentro todos dependemos de todos y el crecimiento de Lema es el crecimiento de todos.
¿Qué consejo le darías a alguien que arranca ahora?
Desde la humildad, por mi experiencia hasta ahora, diría que lo primero es vincularse con otros colegas: escuchar, estar abiertos a aprender y a aceptar consejos. También, animarse a preguntar lo que no se sabe y no dejar que la vergüenza gane, porque siempre hay buena gente dispuesta a compartir su saber. En el rubro me fui encontrando con colegas y clientes que me ayudaron en momentos clave: desde un estudio de diseño del que aprendí mucho a partir de sus encargos, hasta un colega que nos prestó su galpón cuando no dábamos abasto o uno que me aconsejó no comprar un camión e invertir en maquinaria (¡y tuvo mucha razón!).
¿Qué características necesita un buen carpintero y cuáles un buen director?
Son perfiles totalmente distintos: podés ser buen carpintero, pero no tener perfil de director; y podés dirigir una carpintería sin ser carpintero. Para ser buen carpintero necesitás técnica, paciencia, prolijidad y, sobre todo, ser buena gente. En mi equipo valoro eso: no solo hacer buenos muebles, sino también tomarte el tiempo para explicarle a un compañero cómo se mejora la técnica o cómo evitar lastimarse con las máquinas. Para llevar adelante una empresa, en cambio, el desafío pasa por el liderazgo, por dirigir al equipo, establecer los objetivos, gestionar distintos frentes. Creo que la clave para que te vaya bien en tu empresa es rodearte de personas que tiren para tu mismo lado y que te complementen en lo que no sos tan bueno. Yo, dentro del taller, sé cómo reorganizar el equipo para mejorar la producción, pero hay otros aspectos que no me salen tan innatos.
Junio 2026
Comments