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CARLOS MOREIRA

  • 1 day ago
  • 5 min read

MOREIRA MADERAS



“EL CRECIMIENTO EMPRESARIAL NO ES FÁCIL, EXIGE ESFUERZO”


Con una sonrisa que no puede disimular, se le nota la emoción que siente al pensar en el recorrido no lineal que ha tenido su empresa. Aunque su abuelo talló un cartel para Páez Vilaró, que quizás sigue en Casapueblo, siente que su acercamiento a la carpintería se dio por otro lado. Después de trabajar más de diez años en un estudio contable, decidió cambiar de rumbo. Dejó la Facultad de Ciencias Económicas y se anotó en la UTU de Flor de Maroñas. Fueron cuatro años de formación técnica y el inicio de su gran apuesta empresarial. Empezó discretamente en El Pinar, hace más de 20 años, cuando “en el barrio éramos nosotros y un par de casas más”, recuerda. Carlos Moreira estuvo acompañado durante la conversación por dos personas clave de su equipo: Claudia, su esposa, y Sabrina, coordinadora de proyectos.


¿Cuál fue tu contacto inicial con la madera?


Mi abuelo era carpintero y de chico yo jugaba con el material, pero no lo relaciono directamente con haberme dedicado a este oficio. Yo trabajaba hacía más de diez años en un estudio contable y estudiaba Contador Público, pero un día dejé la carrera y me anoté en la UTU para realizar el curso técnico profesional. Un amigo que tenía carpintería me insistía: “Carlitos no trabajes más en el estudio contable, vení conmigo”. Empecé yendo los días libres a su taller y luego me animé a armar el mío.


¿Y el comienzo fue en El Pinar?


Sí. Con mi señora decidimos instalarnos aquí cuando nos casamos, y aquí quise intentarlo. Antes de irme del estudio ya había comprado una combinada chica, luego mi amigo me prestó una lijadora, y de mi abuelo tenía un banco carpintero y todas las herramientas manuales. Con eso empezamos en 2002 al costado de la casa, arreglando sillas, haciendo algún mueble en la zona e incluso cepillando madera para un aserradero de la zona.


¿En qué momento se dio el paso a la fabricación?


Con el tiempo aprendimos a decir que no para dedicarnos de lleno a fabricar. Pudimos ampliar los metros cuadrados del taller, incorporamos maquinaria más moderna y después armamos el showroom. También tuvimos una etapa de unos cinco años en la que nos dedicamos solamente a construir casas prefabricadas, y luego volvimos al mobiliario


¿Un recorrido impredecible o te lo imaginabas así?


No, así como se dio, no. Fuimos avanzando y seguimos avanzando, aunque me cuesta darme cuenta. A veces estás tan metido en el proceso, dedicás muchas horas y mucho esfuerzo, que sentís que no llegaste, que estás corriendo de atrás, y no lográs ver el recorrido. Por suerte siempre hay alguien que me lo recuerda, como Claudia, desde el inicio, o Sabrina, que se incorporó más adelante.


¿Qué fue lo que más te costó de ser el técnico a liderar un equipo?


Entender que no podía hacer todo yo y que tenía que delegar. Primero me animé con el taller y ahora, de a poco, voy delegando la parte más administrativa, que por mi formación me cuesta más. A medida que crece tu empresa aumentan los costos y fue un desafío redefinir el servicio y el público para sostener un equipo que hoy es de 12 personas. Sabrina: La mitad estamos en tareas de diseño y administración, en la oficina, y la otra en producción, en el taller. Dentro del equipo también damos lugar a estudiantes, para brindarles su primera oportunidad laboral. Eso implica capacitar y definir mejor los procesos para que el resultado sea el que buscamos.


¿Cómo abordaron los cambios tecnológicos a lo largo del tiempo?


¡Como pudimos! [risas]. Las dos últimas grandes apuestas fueron una máquina de cinco ejes, que es de las pocas de Uruguay, y el cambio de software, que somos los primeros en tenerlo en el país. No son decisiones fáciles, pero al estar en Adimau y viajar en grupo a ferias pude escuchar experiencias y opiniones que me ayudaron a elegir mejor las nuevas herramientas. Sabrina: Con el nuevo software aprendimos que, más que renovar el personal, la clave es capacitar al equipo. Cambiar la herramienta implica modificar muchos más procesos y formas de trabajo de lo que imaginábamos, pero lo vamos logrando. Claudia: La transición requiere mucha organización y asumir que habrá cierto desorden. Hay que recibir técnicos del exterior, destinar tiempo a la capacitación y, al mismo tiempo, no descuidar la producción. Es tan agotador como enriquecedor. El otro día fui a visitar a un colega que decidió no crecer desmedidamente y delegar trabajos en otros. Esa también es una buena decisión. El crecimiento empresarial no es fácil, exige esfuerzo: pasás muchos nervios, tenés que tomar decisiones difíciles y asumir riesgos muy grandes. No podemos tener una máquina nueva de alta tencología y utilizarla solo al 10%. Todo el equipo tiene que estar preparado para aprovecharla al máximo. Por eso hubo horas muy intensas de capacitación, especialmente con las chicas que hoy manejan esas máquinas.


No es lo más habitual incorporar mujeres al taller...


No, al menos en Uruguay. En viajes con Adimau vi que en Brasil las mujeres ocupaban roles en control de calidad y terminaciones. Volví con esa experiencia y abierto a incorporar personal femenino al taller. No lo busqué específicamente, pero cuando llegaron currículums les dimos la oportunidad, y fue una excelente decisión.


Entonces, ¿es un prejuicio pensar que el taller es solo para hombres?


Depende de la persona; todos pueden trabajar en nuestro taller. Nos organizamos con máquinas asignadas, aunque todos saben usar las demás. Comprobamos que las mujeres pueden ser más detallistas y eso se nota en el trabajo final. Hay que cuidar algunos aspectos fisicos, pero se resuelven como en cualquier equipo. Estamos muy contentos de que los equipos mixtos sean algo natural en la empresa.


Si tuvieras que elegir uno solo, ¿qué valor te gustaría inculcar a tu equipo?


Desde hace un tiempo intento transmitirles que, cuando hacemos un mueble, hacemos mucho más que eso: aportamos valor emocional al cliente. Me encantaría que se sientan orgullosos de su trabajo. Por eso incentivamos a los instaladores a que compartan fotos al finalizar cada obra, para que todos podamos dimensionar el impacto que tiene lo que hacemos en los espacios y en la vida de las personas.


¿Te acordás en especial de algún proyecto?


Siempre recuerdo a una señora que vino desde La Teja en moto con su esposo. Su sueño era tener una cocina nueva. Cuando terminamos de instalarla, lloraba de emoción. Esa mujer valoró nuestro trabajo de verdad y nos dio una gratificación enorme. Hoy trabajamos más con estudios, diseñadores y constructoras, pero esa historia sigue siendo muy especial


Te hiciste por tu cuenta, ¿cómo llegaste a Adimau?


Entré a la asociación en 2019 y me encontré con gente muy valiosa; hoy muchos colegas son amigos. Se comparten conocimientos, proveedores y formas de trabajar. Hay una complicidad muy enriquecedora y productiva. En un momento Juan Pablo Martínez, el presidente anterior, me ofreció encargarme de algunas tareas, me fue guiando y así me fui involucrando más. Hoy soy el tesorero, en la nueva Comisión, y estamos muy confiados de lo que venimos construyendo


Después de más de 20 años, ¿qué te entusiasma aún de tener tu empresa?


En lo personal, estoy enfocado especialmente en el desarrollo de competencias de comunicación y diseño, que considero claves para seguir creciendo profesionalmente. En la empresa también estamos trabajando en fortalecer nuestra presencia en redes sociales, un eje prioritario que están liderando Claudia y Sabrina. Por mi parte, me gustaría delegar más y despegarme de la operativa diaria. Siempre estoy pensando y haciendo; ese es mi motor: no quedarme quieto. Tiene un costo importante en términos de nervios, pero me gusta jugármela y mover piezas para que las cosas sucedan. Eso es lo que verdaderamente disfruto. Claudia: Él siempre va para adelante y sabe que tiene gente alrededor para acompañarlo. Estoy muy contento con el equipo profesional y humano que hemos logrado.




Marzo 2026


 
 
 

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