TOMÁS AGUILERA

Carpintería Artesanos en Muebles


Con él, las cosas claras. “En primer lugar, mi nombre es Miguel Tomás Aguilera. Casi todo el mundo me conoce por Tomás, pero mi primer nombre es Miguel” dice al iniciar la entrevista. A diferencia de otras historias, su acercamiento y gusto por la carpintería empezó de chico, pero no por tradición. “Soy la primera generación de mi familia en esta actividad y mis hijos serán la segunda, si es esto lo que van a querer”. No será la única vez que nombre a los suyos durante el diálogo. Estricto con la puntualidad, la planificación y el compromiso, Tomás tiene una forma de expresarse directa y cálida a la vez, que deja entrever que haber sido docente de la UTU dejó aprendizajes no solo en sus estudiantes.


¿Cómo empezó tu recorrido laboral?


Es un recorrido medio largo, son muchos años, tengo 45 años de actividad. Con nueve años, empecé trabajando como peón de quinta mientras iba a la escuela. Luego estudié carpintería en la UTU y en tercer año, con 13 o 14 años, un profesor me recomendó para trabajar en un taller. Seguí estudiando, primero en la UTU de Las Piedras y luego en la de Montevideo, y luego hice tres años de profesorado: a los 19 años me recibí de docente de carpintería. Al principio, con dos amigos que nos habíamos recibido juntos, pusimos un taller de carpintería que duró unos años; ya en 1997 me decidí a trabajar por mi cuenta y abrí en el fondo de mi casa un taller.


¿Qué te motivó a prepararte como docente?


Te diría que tener ese contacto con los jóvenes y darles una mano, como yo la recibí también en su momento. Yo soy un producto de la UTU, allí me formé durante años y aprendí muchas cosas. Como yo cuando era joven, muchos muchachos no tienen posibilidades de hacer una carrera universitaria y necesitan tener alguna herramienta para su salida laboral. Al entrar en la UTU sabías que ibas a estar preparado, se te abrían puertas porque se reconocía en los

egresados el manejo del oficio. Pienso que sigue instalada esa necesidad del alumnado de tener una respuesta rápida de trabajo y que hay una población crítica de la sociedad a la que está bueno poder ayudar.


¿Qué recordás de esos años?


Anécdotas, miles. Fueron 12 años de docencia. Desde llevar un tablón de 5,40 en bicicleta hasta trabajar 57 horas sin parar. Siempre trabajé mucho, entre 16 y 18 horas por día. De día trabajaba en el taller y de noche daba clase. A las cinco de la tarde tenía que parar todo y aprontarme para ir a la UTU; salía 23:30 y llegaba a mi casa en Las Piedras a la 1 y al otro día a las 6 ya estaba levantado. La docencia es muy linda, pero también es muy sacrificada.


¿Qué era lo más difícil de ser docente?


Para mí, la situación de sostener el ritmo entre el taller y dar clase. Como docente tenés que dedicarle mucho tiempo a preparar las clases. Pasaban los días y no me daba el tiempo para estar en el taller las horas que debía. Además, en ese momento nos estábamos haciendo la casa: con mi señora hicimos desde las aberturas, piso, techo, todo

lo que había para hacer, durante las noches y los fines de semana. Es el esfuerzo, era otra época también. En un momento llegué a la conclusión de que para poder alcanzar otras expectativas tenía que dedicarme al taller, y así decidí dejar la docencia.


¿A qué te referís con el “esfuerzo” de “otra época”?


A que cambió el concepto. Hoy el joven –sacando la pandemia de lado– está preocupado por viajar, por cambiar el auto y no tanto por tener su casa, como era prioritario para nosotros. Me pasó con una clienta, hija de un cliente, que vino con su marido a consultar por el juego de dormitorio, y cuando le mencioné que le ofrecía un mueble para toda la vida, muy sinceramente, me respondió “es que no sé si lo quiero para toda la vida”. El consumo cambió, las parejas hoy tampoco saben cuánto tiempo van a estar juntas, entonces ya no sirve ese argumento de calidad para todo tipo de público. El sector sufre mucho no solo por la competencia exterior, que es tremenda, sino también porque va alineada al gusto de los jóvenes, que es distinto. Y uno tiene que intentar adaptarse a eso.


¿Cómo te mantenés alineado con lo que los clientes buscan hoy?


El amigo Pinterest ayuda pila (risas). Yo creo mucho en la formación y se lo digo a mis hijos. Hace años hice un curso en ventas con un docente muy bueno que nos decía que en el trabajo a medida es muy importante saber escuchar al cliente, entender realmente cuáles son sus necesidades. Me hace acordar el caso de una clienta del Prado, que quería hacer su cocina a nuevo. El día que fui a tomar medidas y a conocer qué quería, me hablaba de su rosedal. Me decía “¡Mire cómo me están quedando!” y le daba inseguridad si con la reforma se le iban a secar o ensuciar las flores. Cuando le pasé el presupuesto, uno de los ítems que agregué fue “Incluye nylon para cubrir las rosas”. Por ese detalle gané el trabajo. Y cuando terminé el trabajo la clienta quedó encantada con la cocina y me dijo “Y lo que

más le agradezco es que haya cuidado mis rosas”. Esa es la importancia de escuchar al cliente.


¿Qué tiene de especial la carpintería a medida?


Tenés que ser muy celoso en muchas cosas. Para empezar, tomar bien las medidas, que es algo evidente, pero como le digo a mis colaboradores: “el diablo nunca duerme” (risas). Después, tener muy claro que el verdadero patrón es el cliente. Y tenés que cuidarlo. No solo en que tu trabajo quede bien, sino también en ser prolijo, en que no rompas nada durante la instalación, en solucionarle todo lo que sea posible. Dar un servicio integral en el que el cliente se sienta apoyado y que piense “El carpintero me solucionó el problema”. Que le persona te vuelva a contratar porque tiene la confianza de que vos la vas a ayudar. Si vuelve es tu cliente: la primera vez es solo una persona que hizo una compra, la segunda vez ya es cliente.


¿Y qué seguimiento das a tus clientes?


Desde el inicio llevamos registro de todos los pedidos, en carpetas bien organizadas con la información detallada de los trabajos realizados y los clientes, con fecha, boceto, materiales, etc., así no nos entregamos a la memoria, y nos sirve a ambas partes. Por otra parte, reconozco que la tecnología me ha superado y la incorporación de mis hijos

a la empresa me ha ayudado mucho en eso. Por ejemplo, todo lo que tiene que ver con la incorporación del CNC, programas informáticos para presupuestar, el trabajo de redes, lo manejan ellos. Si quieren seguir, van a poder llevar la carpintería hacia otro lugar, desde las condiciones y conocimientos que ellos tienen, de carpintería moderna.


¿Cómo se dio el ingreso de tus hijos a la empresa familiar?


Un día viene Ignacio, mi hijo mayor, que tenía 19 años, y me dijo Pá, quiero trabajar contigo”, a lo que le respondí “Entonces, vamos a sentarnos a hablar. Esto puede salirnos muy bien, ideal, porque puede significar mi retiro a largo plazo y que sea tu trabajo, pero también puede salir muy mal porque no te puedo echar, porque ¿qué hacemos en casa si eso pasa?”. No es fácil la convivencia laboral con los hijos, son generaciones distintas, hay cosas que yo no

entiendo y cosas que ellos no saben porque es la experiencia la que te enseña. Es muy difícil transmitir el oficio, sí puedo darles elementos para que puedan enganchar en el trabajo, pero luego está la impronta de cada uno. Un oficio nunca se termina de aprender, y eso es lo lindo, siempre tenés que estar actualizándote. En esa conversación, que fue ya hace cinco años, le dije “No te voy a enseñar la carpintería del siglo XX sino la del siglo XXI, que es donde estamos viviendo”. Está bueno tener el conocimiento artesanal, pero también hay que aprovechar la nueva tecnología. Y lo mismo pasó cuando ese personaje que está ahí (se ríe y señala a su hija menor, Valentina, que está al lado, diseñando en la computadora) me dijo que quería empezar en la empresa. Los hijos te desafían de manera diferente a la que te desafían otros colaboradores. Requiere de una adaptación mutua para construir una relación diferente, desde otro lugar, y muy necesaria para que funcione bien. Lo principal es poder separar lo laboral de lo familiar, y así conservar lo más importante.


¿Qué condiciones estableciste para trabajar juntos?


A mí me gusta mucho la puntualidad. Así que eso, siempre. Y el respeto, en todo nivel y con todos. Yo puedo estar muy enojado, pero no por eso te puedo decir cualquiera cosa, hay una barrera que hay que respetar para generar un clima sano de trabajo. Así como ocurre al interior de nuestra familia, es un valor que hay que tenerlo en el trabajo. Y después, estar dispuestos a tener esa convivencia en la que algunos días me tienen que aguantar alguna locura a mí y otros días yo tengo que ser más tolerante con alguna desavenencia que podamos tener. Ese es el desafío más grande. Por lo demás, la verdad que tengo la suerte de tener hijos buenos a los que no es necesario marcarles otros detalles.


Son de buena madera…


Ahí está. Son muy buenos. Mis tres hijos. Daniela, la del medio arrancó para Medicina, y está muy bien que así sea. En realidad, esto de Valentina e Ignacio ha sido una sorpresa, que me llena de ganas, porque además se llevan bien entre ellos. Pero a Vale que empezó hace poco le pregunto cada dos por tres, “¿te gusta hacer esto?, ¿es lo que vos pensabas? Si no te gusta, no lo hagas”. Ellos tienen que sentirse felices en su lugar de trabajo. Y también les digo que tienen que hacer algo que los identifique en la vida. Tener objetivos. Cuando una persona no se enfoca tiene grandes riesgos de ir rodando sin llegar a nada. Cuando te querés acordar los años pasaron y te quedaste en

esa. Hay una expresión muy importante en esto, que es la motivación. Como al dar clase, hay que estar motivado...


¿El profesor o los alumnos?


Ambos, pero si el alumnado no lo está, como docente tenés que crearla. Y una de las motivaciones naturales que tiene el ser humano es el éxito. Cuando lográs cosas te vas motivando, cuando fracasás te desmotivás. Por eso es importante reconocer lo que sale bien y cuando no, hay que poder decir las cosas sin dar palos, porque eso solo desmotiva más. Tampoco sirve manifestar todo el tiempo todo porque pierde valor, pero cuando un producto quedó muy bien hecho o cuando alguien tiene un tema personal difícil y sostiene su compromiso con el trabajo, son cuestiones que se salen de la regla y se valoran.


¿Cuáles son los momentos laborales que más atesorás?


Soy muy familiero, así que los nacimientos de mis hijos son los momentos más importantes, de los que no me olvido más. De los laborales hay muchos, hay trabajos que me han dado mucha satisfacción y otros dolores de cabeza (risas), pero lo bueno es que siempre se aprende, para eso hay que estar abierto a aprender.


¿Qué valores te importa que aprendan tus hijos con respecto al trabajo?


Ninguna empresa, por más pequeña que sea, puede trabajar sin crédito. Hay que ser muy riguroso con los pagos a los proveedores y tener claro el valor hora del taller para presupuestar bien. El tema de la honestidad no tiene negociación; la avivada criolla no existe. El respeto, la puntualidad, el hacer las cosas bien. En algunos trabajos te va

muy bien, en otros no. Cuando te toca perder, calladito la boca porque cuando te toca ganar tampoco decís nada. Son las reglas del juego de un trabajador independiente.


¿Y qué disfrutás hacer del oficio?


Las escaleras me gustan porque son desafiantes, a veces no me dejan dormir, pero me gustan. Hacer una buena puerta de calle, distinta. Disfruto el oficio en sí. Aunque al tener mi empresa he tenido que reconvertirme, porque en un momento y tenés que dedicarte a gestionar, a presupuestar, hablar con los clientes, aprender a comprar la madera maciza, etc. Para eso necesitás tener equipo. El nuestro está consolidado, con muy buenos empleados, que hace mucho trabajamos juntos. A cada uno cuando entró a la empresa le dije “Esto es así: para que funcione tenemos que ser sinceros, si no te gusta algo me lo decís, si a mí no me gusta algo te lo voy a decir, y tratamos siempre de trabajar en positivo”. Acá apostamos a la calidad y al respeto. Si voy a necesitar horas extra, aviso con tiempo. Me gusta tener todo planificado, trabajar ordenado.


Y como cierre, ¿qué mensaje te gustaría transmitir a colegas y demás personas?


¡Ay no, qué mensaje voy a dar yo! (Se queda pensando) En los momentos más difíciles de mi vida, trabajé. Todos sabemos lo complicado que es tener una empresa en Uruguay. Pero los años pasan y te pasan factura, y ese hábito que te hace trabajar y trabajar, te quita espacio para lo demás. A mí me costó mucho tiempo lograr un equilibrio entre disfrutar de la vida y dedicarme a la empresa, fue un proceso gradual: primero dejé los domingos, luego los sábados de tarde hasta que pude trabajar de lunes a viernes, aunque algunas veces toca hacer horas extra. Hoy siento que tengo ese equilibro en el que trabajo para vivir, pero ya no vivo para trabajar. Tengo una compañera de vida excelente, tres hijos excepcionales, muy buenos compañeros de trabajo. ¿Qué más puedo pedir?


Enero 2021

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