ROBERTO CUITIÑO

Roberto José habla tranquilo, pausado, pero no pierde ritmo. “Nací en Tarariras, en el Departamento de Colonia, el 12 de enero de 1959. Me crié en el campo, en un tambo, con mis padres y 5 hermanos. Los tres primeros años fuimos a escuela pública a caballo, como se hace habitualmente en el campo, y después fuimos a una escuela salesiana en Colonia, Escuela Criado Pérez, y cuando terminé la Primaria me vine a Montevideo, a estudiar en los talleres Don Bosco. Entré con 12 años, era el alumno más chico, y me fui con 15 años, habiendo aprendido el oficio de carpintero. Antes de esa formación, no había tenido nunca contacto con la carpintería”.

ROBERTO CUITIÑO

¿Y por qué elegiste ese oficio entre otros?


Mi hermano mayor había venido a hacer tornería en Don Bosco –tengo dos hermanos torneros– y en aquel momento, con 11 años, mi padre me dijo “Tenés tres opciones para elegir: o te quedás en el campo a ordeñar, o vas al liceo, o aprendés un oficio”. El tambo era muy sacrificado, yo me quería alejar de las vacas (risas), y el liceo no me gustaba nada, además de que me costaba un montón estudiar, así que sin saber siquiera de qué se trataba, elegí venir a Montevideo a estudiar carpintería de pupilo. Y fue la primera vez que venía a la capital. Mucho cambio para alguien tan chico.


¿Te pudiste adaptar rápidamente?


El cambio fue difícil; en la escuela en Colonia también éramos pupilos, pero los fines de semana nos íbamos a casa; en cambio al venir a Montevideo ya no podíamos volver seguido con nuestros padres. El cambio fue muy grande: viviendo en Colonia, por ejemplo, el gran premio si nos portábamos bien era salir del campo con mi papá para vender quesos, y eso era cada 15 o 20 días. Y de repente irte lejos, solo… Pero después de terminar Don Bosco, del ‘71 al ‘74, con solo 15 años y me quedé a trabajar en Montevideo contra la voluntad de mis padres. En ese momento tenías trabajo enseguida, había mucho mucho trabajo, y las carpinterías se peleaban por los graduados de Don Bosco.


¿Cuál fue tu camino laboral?


Cambié muchas veces de trabajo, fui escalonando y buscando ganar más. Empecé en una carpintería de un italiano que hacía muebles, Di Conza, en Gestido y Soca. Después trabajé en Mueblería Suecia, en Av. Garibaldi y Gral. Flores. Luego, unos pocos meses en la carpintería de Nelson Vázquez, que era un exalumno de los Talleres Don Bosco, y después me salió, con 16 años de edad, un contrato por dos años para irme a Punta del Este a trabajar en obra blanca, cuando salió el primer Edificio El Malecón. Un día, un maestro de Don Bosco me ofrece dar clases en Don Bosco, así que me volví a Montevideo. Al año, ese profesor y su socio me invitan a tener una sociedad con ellos, a la que pude entrar con esos ahorros que había generado. Nos duró dos años el trabajo juntos y, finalmente, decidimos que yo les compraría su parte. Fui al Banco Caja Obrera a pedir un crédito. Seguro, con 18 años, ¡¿quién me iba a dar un crédito!? No tenía garantía de nada, con mis padres no contaba porque no estaban de acuerdo con mi decisión de quedarme en Montevideo. Así que estaba solo solo. Pero por esas casualidades que tiene la vida, el gerente del banco me escuchó mientras hablaba con el gerente y me dijo que me salía de garantía.


¿Por qué?


Resulta que el hombre administraba edificios y estaba penando por un carpintero, porque tenìa tremendos líos. Así que nos servía a ambos: él me daba mucho trabajo y yo le solucionaba sus problemas, funcionó muy bien eso y el préstamo lo liquidé mucho antes del tiempo previsto. Ahì empezó mi independencia, empecé a comprar máquinas y a invertir en mi carpintería.


¿Cómo llegaste hasta este local, en la calle Isabela?


En Pocitos tuve que cerrar la carpintería por falta de habilitación y se dio que yo había comprado un terreno en la calle Monte Caseros y Avellaneda, que era chico, así que decidí venderlo y encontré este local que tiene más de 1100 mts. El tema cuando lo vi era cómo comprarlo. Pero lo compré: era soltero, vivía en el taller y me salió un crédito en el BID, a través de ADIMAU, cuando entré de socio gracias a un amigo que, sin que yo supiese, me hizo socio. La verdad es que antes, y durante muchos años de trámites, no me había salido ningún crédito en el Banco República, y con lo del BID me salió al toque. Después me agarró la crisis en 2001 y 2002 y se dieron vuelta las cosas. Mi problema cuando estaba Pocitos era el espacio físico, la superficie; cuando tuve el espacio fìsico no me servían más las máquinas por los cambios del mercado; y cuando me mudé acá no podía crecer porque no había casi trabajo.


¿Cómo se sale de las crisis?


Tuve que armar y desarmar equipo tres veces en mi vida, siempre por temas económicos. Desarmar una empresa es un porrazo. Imagínate que lograste tener tu local, la maquinaria y tenés toda la ilusión para salir adelante y empezás a quedar sin trabajo. Creo que lo que a mi me salvó es soy una persona con mucha fe y mucho orgullo, y la fui llevando y saliendo. Para atrás era todo negro, así que miraba para adelante que había algo blanco.


¿Qué otro aporte le dio ser socio de Adimau en esta historia?


Bueno, en el año 1995, por intermedio de la asociación, un grupo de 22 empresas viajamos a Milán a una exposición de maquinaria e insumos para la madera. Ese viaje fue muy enriquecedor, me cambió la cabeza. El agregado comercial de Uruguay en Italia organizó visitas a fábricas y durante una semana conocimos proveedores de tecnología. Habíamos pagado solo el pasaje, porque la hotelería estaba cubierta por estas empresas que querían que les comprasemos máquinas. En ese momento no podía comprar nada, pero por lo menos ya sabía qué necesitaba en el futuro. Ese viaje fue un paso gigantesco para mí. Más adelante pude comprar una escuadradora y, de a poco, muy de a poco, empecé a escalonar.


¿Cómo llegaban los clientes?


Ya desde esa época y al día de hoy, no tengo ni un cartel en la calle; los clientes llegaban por recomendación, nunca había hecho publicidad. Pero cuando cambió el mercado, en 2001, y hubo una invasión de cosas importadas que me quedé sin trabajo. Fue tremendo. Tuve que sacar a toda la gente, pagar despidos y me encontré nuevamente solo, encolando sillas para poder cubrir los compromisos. Por eso decidí presentarme a Expo Hogar y Constructa, para poder captar nuevos clientes, y la verdad que esa acción me empezó a dar un poco de aliento. Nos resultaba imposible llegar a los precios de esos productos importados a los que el cliente tenía acceso, así que retomamos el trabajo en la obra blanca y hoy por hoy nos dedicamos en un alto porcentaje a clientes de locales comerciales: hicimos locales enteros de Manos del Uruguay, trabajos para Tienda Inglesa en tiempos del Sr. Henderson, luego Stadium, Multiahorro, Bas, Mosca, La Papelaria, entre varios otros. Igual nosotros hacemos todo lo que se presente, nos adaptamos a lo que nos pida también clientes particulares. Creo que tantos años de sembrar, de hacerse conocer, nos permite que sigamos teniendo trabajo y aún sin cartel en la puerta.


¿Qué los identifica?


Siempre digo que tenemos que apuntar a la calidad del servicio, que hay que cuidar al cliente y hacer las cosas bien para poder seguir trabajando. El uruguayo, no sé por qué dice, suele decir “Esto no se nota, esto no se ve”, y yo creo que si lo veo yo, lo ve el cliente. Entonces, lo que no puedo tener son reclamos, y para eso tiene que salir perfecto el trabajo. A mi equipo le digo siempre que todos fiscalizamos, que todos tenemos que estar en los detalles. Se arma perfecto y se instala perfecto. Los márgenes son muy chicos, los reclamos son sólo pérdida. Quiero que un cliente me llame para recomendarme otro, no para reclamar. Así que con los detalles de terminación somos muy exigentes y desde hace dos años me encargo de ir a instalar yo, con un equipo de colocadores de afuera. Tenemos casi cero reclamos.


¿Cómo se lleva adelante un equipo comprometido?


El último equipo lo armé luego de la crisis de 2001 y venimos trabajando muy bien, somos trece personas entre oficiales, administración y diseño. Ya desde la entrevista, tratamos de rodearnos de gente buena y que en lo profesional pueda aprender la forma de trabajar que tenemos. Como empresario uno está atento a las necesidades que puedan tener y tratamos de solucionar los problemas, a veces los personales, de apoyar para que estén bien y también para que el trabajo acá salga bien.


¿Cuál es la importancia de la tecnología?


Pienso que si no tenés la cabeza para cambiar quedás en el camino. Hoy los cambios son mucho más rápidos que lo que uno puede evolucionar, y más en este país. Así que siempre me informo sobre nuevas máquinas y materias primas, me he capacitado en cursos ofrecidos por ADIMAU y otros que encontré sobre competitividad, logística y gestión. Y algo fundamental en esto es viajar. A Europa ya no vale la pena (aunque en su momento viajé a Valencia y a Milán) porque tenés acá al lado en Argentina y sobre todo en Brasil, en Bento Gonçalves o en San Pablo, contacto con la última tecnología. Ir a exposiciones te permite estar actualizado y responder a lo que exigen el mercado y los clientes. Hay trabajos que vos con tus manos, al estilo artesanal de antes, no vas a poder llegar. Hoy casi no se trabaja con madera maciza, diseñando muebles de estilo, la producción pasa por otro lado, con melamina y placa. Creo que hoy la única forma que nos queda para seguir trabajando es apostar a la tecnología, sino quedás en el camino. A mí me pasó que cuando tenía el local chico me faltaban las herramientas; cuando tuve las herramientas me faltaba espacio; y cuando tuve el local grande las herramientas que tenía ya no servían, porque todo va cambiando. El año pasado, por ejemplo, se me rompió una máquina y tuve que invertir en 2 máquinas; sólo Dios sabe cuánto voy a estar para recuperar esa inversión, pero no me quedaba otra. Si estás en el baile, tenés que bailar.


¿Cuáles son las últimas máquinas que adquiriste?


Una pegadora de canto que incluye infrarrojo y permite usar terminación brillante. Y un split. Luego de asesorarme, decidí contratar el centro de trabajo afuera (no quería tener una máquina que se usara poco o fuera lenta) y opté por este split que tiene un pantógrafo con 13 mandriles, que trabaja con mechas independientes que te permite, por ejemplo, sacar un costado de placard terminado, con agujeros en distintas medidas. Además tiene una memoria en la que podés guardar un tipo de trabajo, con un código, y si mañana lo necesitás de nuevo, ya está ahí. Eso te da mucha velocidad y precisión, a un nivel que es imposible conseguir con las manos. Al igual que otros talleres actualizados, contamos con una seccionadora horizontal que corta, pone etiqueta y anda muy rápido.


Setiembre 2019

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